Para aquellas personas interesadas en conocer el desarrollo del taller y que por diferentes causas no están inscritos en él.Publicamos semanalmente un resumen sobre lo que se está tratando en él cada sábado.Texto extraído del blog: http://emiliocarrillobenito.blogspot.com/ . Agradecemos a Emilio Carrillo la cesión y elaboración de estos resúmenes.
Taller de Espiritualidad para Buscadores:
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Sábado 27 de noviembre:
67. La oposición al Plan Crístico: Satanás
68. Bien y Mal: acercamiento desde la objetividad
69. Ahora sí, el Bien y el Mal
70. El pecado no existe
71. Hipótesis e imposibilidad del Mal Absoluto
67. La oposición al Plan Crístico: Satanás
Desde la óptica humana, cuesta trabajo asumir que un Plan tan prodigioso y, nunca mejor dicho, divino, tope, sin embargo, con una actuación consciente dirigida e evitarlo, entorpeciendo o dificultando que las almas crezcan y evolucionen por el sendero del Amor y la Consciencia. Pero nuevamente las parábolas de Cristo-Jesús ilustran al respecto y ayudan a comprender e interiorizar semejante hecho.
Muy gráfica es, sin duda, la del trigo y la cizaña: “El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras dormían sus siervos, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue. Y cuando salió la hierba y dio fruto, entonces apareció también la cizaña. Vinieron entonces los siervos del padre de familia y le dijeron: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo?, ¿de dónde, pues, tiene cizaña?. Él les dijo: Un enemigo ha hecho esto. Y los siervos le dijeron: ¿Quieres, pues, que vayamos y la arranquemos?. Él les dijo: No, no sea que al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega; y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: recoged primero la cizaña, y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero» (Mateo, 13:24-30) (también Tomás, 57).
Y de nuevo los discípulos solicitaron a Cristo-Jesús que les aclarase la parábola. Y él les contestó: “El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre (Espíritu, Cristo mismo); el campo es el mundo (el Verbo condensado del que ha surgido el planeta y la Humanidad); la buena semilla son los hijos del reino (almas que crecen en dirección a la fuerza vibracional del Espíritu); y la cizaña son los hijos del mal (almas que se apegan a las bajas frecuencias vibracionales de la materialidad). El enemigo que la sembró es el diablo (Satanás); la siega es el fin del siglo (Juicio Final); y los segadores son los ángeles (almas evolucionadas no encarnadas en plano humano). De manera que como se arranca la cizaña, y se quema en el fuego, así será en el fin de este siglo” (Mateos, 13:37-40).
Por tanto, la presencia del Espíritu en el Verbo tiene como fruto almas (trigo) que crecen en dirección a la energía vibracional del Espíritu (Amor) siguiendo el proceso que puede ser calificado de natural y acorde al Plan Crístico. Pero junto a ellas hay otras almas (cizaña) que, en lugar de ascender, permanecen aferradas a la gradación frecuencial de la materialidad (no Amor), señalándose al diablo (Satanás) como el enemigo que las sembró y el fin del siglo o Juicio Final como el momento en el que se producirá la separación entre el las almas que hayan evolucionado consciencial y vibracionalmente (trigo) y las que no (cizaña).
El significado y contenidos del Juicio Final serán afrontados en el próximo capítulo, dedicado al Salto Dimensional. En cuanto a la figura de Satanás, como se expuso antes, simboliza a almas pluriconscienciales que rechazaron evolucionar hacia el estadio de alma-Espíritu y a la unificación en Cristo, dejando de existir como almas. La consecuencia de ello es su “caída” desde las Dimensiones superiores (interiores) propias de las almas pluriconscienciales a la Tercera Dimensión donde desarrollan sus experiencias las almas-personalidad egóicas, que es en lo que se han convertido, aún sin perder su carácter pluriconsciencial, como consecuencia del mencionado rechazo. A esto es precisamente a lo que se refiere la tradición cristiana que califica a Satanás de “ángel caído”, aunque ciertamente no tiene por qué ser sólo uno, sino muchos (legión) los “ángeles caídos” o almas pluriconscienciales que experimentan, por los motivos apuntados, el declive dimensional.
Sin embargo, para numerosos seres humanos, la existencia de Satanás es una fantasía o, como mucho, el reflejo metafórico del Mal en abstracto, diluido en los seres humanos y en el mundo. Pero, como se ha expuesto, Satanás no es una ficción, aunque, como escribiera Beaudelaire, “la victoria más grande del Demonio es hacer creer que no existe”. Este ser oscuro y perturbador existe realmente y continúa actuando. Cristo-Jesús lo define señalando que “es mentiroso y padre de la mentira” (Juan, 8,44). Y su apóstol Pedro lo compara con un león rugiente: “vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente buscando a quién devorar; resistidle firmes en la fe” (1Pedro, 5,8).
El alma pluriconsciencial que se ha desplomado dimensionalmente arrastra el recuerdo de la caída y de la inmersión de tal pluriconsciencialidad en la estrecha y densa franja vibracional de las almas-personalidad egóicas. Esto, lejos de conducir a Satanás a una dinámica de recuperación consciencial, lo lleva una existencia de agudo resentimiento y confrontada con Cristo -con el se negó a unificarse en Espíritu- y el Plan Crístico. Igualmente, se considera “rey de este mundo”, es decir, muy por encima de las almas-personalidad uniconscienciales que viven sus experiencias en “D-Mi” en el normal proceso de crecimiento, ejerciendo su poder mediante la siembra de la cizaña de la parábola y el No-Amor. Su objetivo es que las almas-personalidad uniconscienciales encarnadas en Tercera Dimensión –por ejemplo, en seres humanos, a los que estima sus “súbditos”- no aumenten su nivel consciencial y no asciendan hacia otras Dimensiones, con lo que se dejarían su “reino” y cesarían de estar bajo su influencia.
Repasando los textos sagrados de las diferentes tradiciones espirituales, hay extensa coincidencia al describir las acciones que Satanás desencadena para conseguir tal objetivo. Ante todo, promueve entre las personas el olvido de su dimensión espiritual (Espíritu y alma) y del linaje divino que atesoran, lo que utiliza, a su vez, para que expandir el convencimiento de que él mismo (alma-personalidad pluriconsciencial) no existe. En paralelo, estimula que actúen codiciosa, pancista y egocéntricamente, identificándose con el mundo físico y quedando engatusadas ante los apegos y anhelos materiales. Para ello, presenta acciones carentes de Amor como si no lo fuesen y sugiere razones para justificarlas, así como sus consecuencias. Y como “padre de la mentira”, es maestro en el uso de embustes, tretas, enredos y calumnias, todos los cuales giran en torno al “gran engaño satánico”: hacer creer que los bienes materiales (dinero, propiedades, riquezas, poder en todas sus escalas, reconocimiento social, éxito, fama,…), y cuantos más mejor, son la garantía para alcanzar la felicidad.
¿Cómo se las arregla exactamente Satanás para desplegar esta batería de acciones y “sembrar su cizaña”?. Pues actúa de diversos modos englobables en dos grandes categorías: desde un plano puramente energético y mediante la encarnación física
En lo relativo a la primera categoría, Satanás, como alma pluriconsciencial, ostenta la capacidad de incidir en la Terceta Dimensión (sobre las personas, la Humanidad y la Madre Tierra) desde un plano no físico, esto es, sin necesidad de que manifestaciones conscienciales de su alma estén encarnadas en seres humanos. Este hecho nada tiene que ver con apariciones, fantasmas y asimilados, que pertenecen a un ámbito bien distinto denominado “bajo astral” por determinadas escuelas. Pero sí debe ser puesto en conexión con la visión de lo demoníaco de distintas corrientes espirituales que ponen de manifiesto como las almas-personalidad pluriconscienciales tienen capacidad para mantenerse y actuar en Tercera Dimensión sin encarnarse físicamente. Por un lado, mediante influencias de tipo vibracional, mutando la energía de Amor en otra de bajo, lento y denso nivel frecuencial (no Amor) que expande y difunde en el planeta y la Humanidad de múltiples maneras, con la generación de sensaciones ligadas al miedo, el resentimiento y los dualismos a la cabeza. Y, por otro, a través de apariciones y posesiones puntuales, a lo que responden tanto los llamados “pactos con el diablo” -recuérdese el Fausto de Goethe-, que conforman una tradición de mucha raigambre en diferentes culturas, como diversos tipos de “endemoniados” y “posesiones”, muy presentes en la narrativa y el cine de nuestros días –verbigracia, la famosa película El exorcista-, aunque provienen de muy atrás, siendo bien conocidas, por ejemplo, las escenas evangélicas en las que Cristo-Jesús se enfrenta a “espíritus impuros” que han poseído a seres humanos, como el hombre de la sinagoga de Cafarnaún (Marcos 1,12-19), o el ciego y mudo cuya curación milagrosa ocasiona un debate con los fariseos a propósito de Belcebú y Satanás (Mateo, 12,23-33). No obstante, estas categorías han de ser diferenciadas de los “espíritus inmundos”, más cercanos al citado bajo astral y recogidos igualmente en los textos evangélicos (Mateo 12, 43-45 y Lucas 11,24-26).
En cuanto a la segunda modalidad de actuación aludida, Satanás puede, a así lo hace, encarnarse directamente en seres humanos. Tal como se señalaba páginas atrás que almas pluriconscienciales simples y complejas se encarnan en Tercera Dimensión para apoyar el Plan Crístico, igualmente las almas-personalidad pluriconscienciales se encarnan a la vez en distintos seres humanos para enfrentarse a él. Estas personas poseen, por tanto, un alma satánica que de manera voluntaria y consciente ejerce directamente el no-Amor y expande y promueve entre la Humanidad los comportamientos, actitudes y actos egóicos. Además, saben ganarse adeptos, contagiándolas con sus objetivos y pretensiones, entre las almas uniconscienciales, a las que intentan atraer hacia su “gran engaño” y que malgasten sus experiencias vivenciales en la quimérica búsqueda de una felicidad basada en los bienes materiales.
Como se constará en la segunda parte del presente texto, la historia de la Madre Tierra y de la Humanidad está plagada de Voluntad (intenciones plasmadas en acción) a favor del Plan Crístico, lo que ha posibilitado que el Salto Dimensional que se analizará en el próximo epígrafe sea ya una realidad. Pero, igualmente, están grabadas en ella a sangre y fuego las actuaciones de numerosas personas, de ayer y de hoy, que bien con almas pluriconscienciales satánicas o con almas uniconscienciales bajo su influjo, desarrollan su vida en la negación del Amor, transmutando la energía pura (Amor) en energía densa y lenta (no-Amor) y vaciando de Luz (oscuridad) la existencia. Es más, en el transcurso de los siglos, han conseguido impregnar con su peculiar visión del mundo los modelos sociales y de sociedad, las escalas de valores, las pautas de comportamiento y los estilos de vida que hacen suyos cotidianamente millones y millones de seres humanos. Y en este marco hay que interpretar lo mucho que actualmente se habla y escribe acerca de un Nuevo Orden Mundial o de una élite financiera y política que persigue intereses tan espurios como mezquinos.
No obstante, como se examinará en el siguiente capítulo, frente a Satanás (uno y legión) y sus seguidores, conscientes o inconscientes, la única respuesta es el Amor. Luchar contra ellos es caer en sus redes; utilizar cualquiera de sus armas bajo el pretexto de enfrentárseles es admitir que el fin justifica sus miedos, que es, de hecho uno de sus principales proclamas. Amor. Sólo Amor, es la respuesta. La actitud crística hacia Satanás no consiste en temerle, ni en rechazarle, ni en enfrentársele. La única respuesta es el Amor: no es Satanás quien viene hacia nosotros para impregnarnos con su oscuridad, sino que somos nosotros los que, plenos de Luz, le ofrecemos nuestra mano y nuestro abrazo fraternal transmitiéndole con claridad, en nombre del Cristo que todos llevamos dentro y en nombre del Padre del que todos somos Hijos, que las puertas de regreso al Hogar las tiene abiertas de par en par. Amor y misericordia es la respuesta. Y agradecimiento, pues con su oposición al Plan Crístico y con la generación en Tercera Dimensión de los dualismos y dicotomías que tanto le gustan está ayudado a muchas almas uniconscienciales, que a veces precisan sentir la oscuridad para aprender lo que es la luz, avanzar por la senda del crecimiento espiritual y comprender lo Real: la energía negativa (no-Amor) se armoniza con la positiva (Amor) para que se haga la Luz, por que todo, en verdad, es Amor.
68. Bien y Mal: acercamiento desde la objetividad
En páginas anteriores se ha hecho mención al “Bien” y al “Mal”. Es momento de profundizar al respecto, partiendo de que las ideas y percepciones en torno a ambos se mueven casi siempre en el ámbito del más absoluto subjetivismo. Con intensidad e inconsciencia, volcamos en los dos tanto los clichés y convencionalismos de la tradición cultural y religiosa en la que hayamos sido educados como los prejuicios generados por la mente de cada cual, en función de sus propias vivencias y respectivos deseos, apegos, fobias y frustraciones.
Sin embargo, resulta crucial que la objetividad presida la actitud y la aptitud para discernir sobre el Bien y el Mal. Objetividad que ha de estar fundamentada en el distanciamiento personal del asunto y el acercamiento a él por medio de la meditación serena y profunda, el conocimiento revelador que de ésta dimana y la experiencia cotidiana que la puesta en práctica de ese conocimiento aporta.
En este orden, es oportuno subrayar que, en el Omniverso multidimensional surgido de la Creación, los “hechos” (por ejemplo, si suelto un vaso que mantenía sujeto con la mano, el vaso caerá al suelo) están regidos por una serie de “leyes físicas” (en el caso expuesto, la llamada ley de la gravedad) y éstas, a su vez, por una serie de “principios”, conocidos desde la antigüedad como “principios herméticos”. Dos de ellos, el de polaridad y el de vibración, son muy útiles para acercarnos con objetividad al Bien y al Mal.
El principio de polaridad afirma que todo tiene dos polos que son idénticos en naturaleza y diferentes en grado vibratorio. Esto es, que tanto los fenómenos físicos como los mentales tienen dos lados o aspectos extremos que, sin embargo, comparten la misma naturaleza, aunque se diferencien en el nivel de vibración, existiendo innumerables grados vibratorios entre ambos polos.
Para entender mejor lo anterior, hay que acudir a otro eje del saber hermético: el principio de vibración. Como se ha repetido en capítulos previos, la ciencia contemporánea se está acercando a él con celeridad tras reconocer que la materia y la energía son expresiones de ondas y movimientos vibratorios. Concretamente, el principio de vibración indica que todo vibra, que el Omniverso en su globalidad y en todas sus dimensiones es una plasmación de la vibración y que las diferencias entre las diversas manifestaciones -desde las intangibles a las tangibles, desde el espíritu más sutil a la materia más espesa- obedecen al distinto modo e intensidad vibratorios. Así, la frecuencia más elevada radica en la vibración pura del Espíritu divinal, la Esencia de Dios; y su opuesto en la materia más extremadamente densa que podamos imaginar. El grado vibracional es lo que distingue a ambos polos, entre los que hay un sin fin de diferentes potencias y modalidades vibratorias.
Sobre estas bases, hay que resaltar que la indagación que sustenta el principio de polaridad arranca de la formulación de interrogantes tan paradójicos y radicales como estos: ¿dónde termina la oscuridad y comienza la luz?; ¿dónde el frío y dónde el calor, o lo duro y lo blando?; y ¿lo pequeño y lo grande, o lo alto y lo bajo?. Sopesemos el hecho de que se trata de nociones -oscuridad, luz, frío, calor,...- que utilizamos asiduamente y con completa seguridad acerca de lo que son y significan. Pero, por centrarnos sólo en un botón de muestra entre los ejemplos expuestos, ¿dónde empieza el frío y dónde el calor?. Porque la temperatura es un concepto primario y sin ambivalencias; y el termómetro es un instrumento válido, neutral y sencillo para su medición. Hasta aquí todo perfecto, pero ¿dónde comienza el frío y dónde el calor?. Por vueltas que demos a la posible respuesta, siempre llegaremos a la conclusión de que frío y calor, por más que parezcan realidades del todo distintas, son en verdad, de idéntica naturaleza (la podemos denominar temperatura), siendo la diferencia entre ambos mera cuestión de vibraciones calóricas, grados vibratorios.
La frecuencia vibratoria es, igualmente, la que marca la diferencia en la escala musical entre los sonidos graves y los agudos; o la que en la gama de colores genera la variedad de los mismos; etcétera. Y esto no ocurre no sólo en los planos físicos y materiales, sino igualmente en los de carácter mental. Así, el amor y el odio, estimados por lo general como inapelablemente diferentes, son realmente denominaciones que otorgamos a los polos de una misma cosa, con muchos grados, eso sí, entre ambos. Empezando en cualquier punto de la escala, hallaremos más amor o menos odio, si ascendemos por ella; o menos amor o más odio si descendemos por la misma. Y esto es cierto sin importar nada el punto alto, medio o bajo que tomemos como partida. Hay muchos grados de amor y odio y un punto intermedio en donde el agrado y el desagrado se mezclan de tal forma que es imposible distinguirlos. El valor y el miedo quedan, igualmente, bajo la misma regla.
69. Ahora sí, el Bien y el Mal
Todo lo expuesto en el epígrafe precedente es aplicable al Bien y al Mal. Como ocurre con el calor y el frío, o la luz y la oscuridad, el Bien y el Mal comparten la misma naturaleza y se diferencian en la frecuencia vibratoria, existiendo innumerables estadios vibracionales entre ambos polos.
Retomando lo examinado en capítulos previos, cuando el ser humano ha elevado su grado de consciencia hasta niveles en los que desarrolla un estadio de conciencia y experiencias que se acercan a lo que es propio de su naturaleza y Esencia divina (Amor), se puede afirmar que hace el Bien, aproximándose a este polo tanto más cuanto mayor sea la prevalencia del Espíritu frente a los influjos de la materialidad y, por consiguiente, mayor el grado vibracional del alma: el Yo profundo habrá cogido las riendas de nuestra vida y el piloto automático del ego se habrá desactivado.
El Mal, en cambio, va ligado a un ser humano con bajo grado vibracional, sin consciencia acerca de su auténtica identidad y con olvido de su linaje divino, de modo que vive sus días bajo el control del piloto automático, del ego, y atado a los apegos y pasiones dominantes propios de la materialidad que nos rodea y de la que el cuerpo físico participa, lo que sitúa al alma en un reducido nivel vibratorio, tanto menor cuanto más cerca esté del polo del Mal.
Por tanto, el Bien y el Mal existen, pero, desde luego, no con el contenido y significado que muestran muchas corrientes culturales y religiosas vigentes. Los dos comparten naturaleza -estado de consciencia, gradación consciencial- y se diferencian por su frecuencia vibratoria: el mayor grado de consciencia es el Bien; el menor, es el Mal. Y entre los dos existen innumerables grados vibratorios (grados de consciencia – estadios de conciencia – experiencias). La Esencia divina, Amor Incondicional y vibración pura infinita, marca el polo del bien, donde la es Consciencia Perfecta –“Soy el que Soy”-. La ausencia total de Amor fija el polo del mal (al igual que la ausencia de luz explica la oscuridad), donde rige la inconsciencia, donde se desarrollan en libre albedrío comportamientos de oposición al Plan Crístico.
El ser humano se acerca al Bien cuando ha elevado su grado de consciencia -lo que tendrá su reflejo en la alta frecuencia vibratoria del alma- y el Espíritu o ser interior lleva la batuta de su conducta y dirige la marcha y el rumbo del vehículo planetario (cuerpo) en el que mora por inmanencia, aportándole los valores, afectos y costumbres (Amor) innatos de la divinidad. En cambio, se aproxima al Mal cuando el grado consciencial es reducido -por lo que baja será la frecuencia vibracional del alma- y su día a día queda a merced del piloto automático, de los deseos del ego y de los influjos, tensiones y apegos de la materialidad del mundo que le rodea.
Pero que esto sea así no ha de llevarnos a efectuar juicios sobre buenos y malos, superiores e inferiores. Estas clasificaciones son propias del ego y los antagonismos y dualidades que tanto le agradan. Bien y Mal coinciden en naturaleza -estado de consciencia- y se distinguen en gradación consciencial y vibratoria: cualquier ser humano que goce de un elevado grado de consciencia y se mueva en la esfera del Bien habrá vivido en su cadena de vidas físicas experiencias de reducida gradación consciencial enmarcables en la esfera del Mal. Todo entra de lleno en el ámbito de la dinámica vibratoria interactiva y la conexión “grado de consciencia – estadio de conciencia – experiencias” analizada en los capítulos precedentes. El altruista de hoy fue egoísta ayer; y el que ahora desprecia por falaces los anhelos de poder y riqueza es porque ya los disfrutó y conoce en primera persona lo vacío que finalmente resulta la vivencia. Las experiencias de ausencia de Amor (Mal) permiten incrementar el grado de consciencia y avanzar hacia experiencias plenas de Amor (Bien).
Todo es perfecto y no debemos caer en dualismos, ni siquiera en lo relativo al Bien y al Mal. Cuando los oponemos, consideramos generalmente el Bien como perfección o, al menos, como una tendencia a la perfección, con lo que el Mal no es otra cosa que lo imperfecto. Pero, ¿cómo lo imperfecto podría oponerse a lo perfecto?. La perfección está en la esencia del Ser Uno, del que no puede derivar lo imperfecto; de lo que resulta que lo imperfecto no existe o sólo puede existir como elemento constitutivo de la perfección total. Y, siendo así, no puede ser realmente imperfecto, por lo que la llamada imperfección no es más que relatividad: el Mal sólo es tal cuando se le distingue del Bien.
Piénsense en las indagaciones científicas. En ellas, el error no es sino verdad relativa, ya que todos los errores deben ser englobados en la Verdad total, sin lo que ésta no sería perfecta, lo que equivale a decir que no sería la Verdad. Los errores, o, mejor dicho, las verdades relativas, no son sino fragmentos de la Verdad total; es, pues, la fragmentación la que produce la relatividad. Aplicado esto al Bien y al Mal, podríamos decir que si llamamos Bien a lo perfecto, realmente lo relativo no es algo distinto, ya que en principio está contenido en Él. Entonces, desde el punto de vista universal, el Mal existirá únicamente si consideramos las cosas bajo un aspecto fragmentario y analítico, separándolas de su Principio común, en lugar de considerarlas sintéticamente como contenidas en este Principio, que es la perfección.
El Bien y el Mal son creados al distinguirlos el uno del otro, pues realmente comparten naturaleza e interactúan vibracionalmente para hacer posible la elevación del grado de consciencia. Es la fatal ilusión del dualismo la que sustituye a la Unidad por la multiplicidad, encerrando a los seres sobre los cuales ejerce su poder en el dominio de la confusión y de la división. A este dominio es al que se refieren autores como René Guénon cuando hablan del “Imperio del Demiurgo” (El Demiurgo; revista La Gnose, nº1, noviembre 1909).
70. El pecado no existe
Por tanto, el pecado no existe, sino un ser humano con un grado de consciencia mayor o menor y con más o menos Amor Incondicional y compasión en sus pensamientos y actos (decía San Antonio Abad que el pecado es una pérdida de tiempo: el que deberías dedicar a Amar; a ser lo que eres, Amor). Si todo es creación del Ser Uno, ¿cómo podría alguna parte tuya, mía o del Omniverso, por remota o insignificante que sea, ser menos bendita que otra?.
El plan divinal consiste en que te busques a ti mismo. Como se enunció en el Capítulo 3, dentro del epígrafe dedicado al “dador”, si deseas explorar cómo ser egoísta, ignorante, asesino o carecer totalmente de fe, Dios (tu Verdadero Yo, el Yo Auténtico) permite todas estas experiencias; no eres juzgado, ninguna de tus acciones es buena o mala desde la óptica divina. Recuérdese lo allí señalado: un asesino y un santo son iguales si el pecador y el santo son sólo máscaras que te pones. Estos papeles son sólo ilusiones desde la perspectiva divina. Lo único significativo es el Amor y el grado de consciencia que la persona haya logrado; y, por tanto, su contribución a la expansión de la consciencia de la suma de la que forma parte y, a través de ella, de la Unidad. Y para elevar el grado de consciencia es necesario vivir muy distintas experiencias en libre albedrío, incluidas las englobadas en el Mal (bajo grado de consciencia).
El Amor es universal y no toma partido. Al ego no le gusta esto y piensa “yo merezco el amor de Dios, pero ese otro no”. Mas esta perspectiva es ajena a Dios. El ladrón inflige pérdida de propiedad; el asesino, pérdida de vida. Mientras estas pérdidas sean reales para ti, condenarás a la persona que las causa. Pero, ¿acaso el tiempo mismo no acabará robándote la propiedad y la vida?. El pecado es ilusión; nada de lo que llamamos pecado puede causar la más mínima mancha en el Amor de Dios. Y hay que tener sumo cuidado con expresiones como “mejor” o “superior”: es el ego el que habla de buenos y malos.
Por supuesto, es absolutamente rechazable que un ser humano cause dolor o daño a otro, de cualquier forma o manera; y es pertinente que la sociedad establezca leyes y normas que lo prevengan y, en su caso, lo sancionen o castiguen. Pero entendiendo el papel que todo ello desempeña desde la perspectiva de la dinámica vibratoria interactiva y la compresión de lo que supone en términos de elevación del grado de consciencia, avance en el estadio de consciencia y vivencia de experiencias que permitan un nuevo aumento consciencial.
Llegados a este punto, ¿qué sentido tiene hablar de lo que el cristianismo califica como “Juicio Final”, mencionado también, aunque con diversos nombres, por otras corrientes espirituales?. Como ya se ha apuntado, en el próximo capítulo se ahondara en ello.
71. Hipótesis e imposibilidad del Mal Absoluto
Para finalizar estas reflexiones sobre el Bien y el Mal y al hilo de lo enunciado sobre Satanás, no puede eludirse el examen de la hipótesis del Mal Absoluto, como polo opuesto al Bien Absoluto que es el Amor Incondicional, la Esencia del Ser Uno. Una hipótesis que ha de partir de lo ya descrito acerca de que como el Bien y el Mal comparten la misma naturaleza y se diferencian en el nivel vibratorio. Éste es el que distingue a ambos polos, entre los que hay innumerables estadios y modalidades vibracionales. Las frecuencias altas marcan la esfera del Bien; y las bajas, la del Mal. Y la gradación vibratoria más elevada radica en la Esencia divina (vibración pura e infinita, Bien Absoluto) y su opuesto en la materia más extremadamente densa que podamos imaginar.
Pero, ¿cuán densa puede ser la materia?. Porque la densidad de las manifestaciones intangibles y tangibles y, por ello, de la materia depende del nivel de condensación del Verbo -la vibración asociada a la Emanación de la Esencia-. Y puede pensarse en la hipótesis de la condensación absoluta: el cero vibracional, que equivaldría a lo que en temperatura se corresponde con -273 grados. El cero vibracional sería, así, el extremo contrario a la vibración pura e infinita, es decir, el Mal Absoluto, el polo opuesto del Bien Absoluto.
Y en caso de que el Mal Absoluto existiera, la dinámica vibratoria interactiva que se ha examinado sería ante él un imposible, pues el Espíritu que por la Inmanencia de Dios estuviera subyacente en las manifestaciones de cero vibracional no podría nunca inyectar potencia suficiente en el alma para superar la fuerza de este influjo negativo: como ensañan las matemáticas, infinito (vibración del Espíritu) multiplicado por cero (vibración del Mal Absoluto) es igual a cero. En tal escenario no habría posibilidad de que el alma incrementara su frecuencia vibratoria, ni de resurrección de la carne. Es el polo opuesto a la vibración pura (la Esencia divina) y sus atributos (Bien); es el Mal Absoluto sin remisión.
Ahora bien: ¿es factible que en la Creación exista un estado así?. Lo hace imposible el hecho de que la Creación toda surge de la Consciencia y Concentración del Ser Uno y de la Emanación y expansión de la Esencia divinal y el Verbo. Y por fuerte que sea la condensación de éste, cualquier cosa que emane del Ser Uno y en su Mente se sostenga cuenta, forzosamente, con un mínimo de energía vibracional. Así ocurre incluso con la mente humana, en la que cualquier pensamiento lleva asociado vibración, por modesta que sea su frecuencia. De idéntica forma, en una escala incomparable, sucede en la Mente divina.
Por tanto, existe el Bien Absoluto, pero no el Mal Absoluto. Esto hace que en cualquier supuesto, por alta que sea la condensación vibracional y baja la frecuencia de la manifestación resultante, pueda desarrollarse la dinámica vibratoria interactiva, con todo lo que ello supone.
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